Leo a Maggie y pienso que me encantaría escribir como ella. No exactamente como ella, sino tener su capacidad de dedicarle 5 lineas a un segundo de vida. La imagen vívida que se despliega ante mis ojos cuando la leo. Me pregunto si vivirá ese segundo con ese nivel de intensidad o al menos de conciencia y registro o si en el proceso de contarlo, meses o años después, lo revive en su cabeza con un aderezo de adjetivaciones y colores.
Mientras la leo tengo en varias ocasiones el impulso de ponerme a escribir. No sé de qué, de algo, cualquier cosa. El ejercicio de detallar con la misma exactitud y vitalidad con que ella describe cualquier suceso o movimiento mínimo de un cuerpo. Pero no sé sobre qué escribir, son ideas fugaces, nada claro. Destellos, como flashes que desaparecen al instante en que poso mi atención en el impulso. Como si apuntarlos con la luz de la consciencia los esfumase, los evaporase a tal punto que me quedo dudado si realmente existieron.
Y veo la luz del atardecer que entra por la ventana de la habitación, sobre la cama que estratégicamente elegí para recostarme a leer. Y noto cómo se posa en Milonga, que me mira sentado y tieso al lado mío como pidiendo permiso para acostarse sobre el almohadón, cosa que de todos modos va a hacer aún si no doy señal alguna de permiso. Y miro a Zamba ya acostada al lado de mis pies, inmersa en su ritual de relajación donde exhala largo y sostenido hasta que no le queda aire en los pulmones. Y miro el libro de Maggie en mis manos y mi mano sosteniendo el libro y mi brazo que se apoya en la cama y de fondo la ventana y los últimos rayos de sol que van a entrar por la ventana hasta que inexorablemente caiga la noche y los vecinos prendan sus luces blancas automáticas y pienso que seguro son estos los momentos, y no otros, de los que Maggie habla. Que es acá, en esta luz y este silencio, en este sol y este libro en mi mano en donde probablemente esté sucediendo lo único que realmente importa.
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